miércoles, 22 de junio de 2016

Carmen Membrilla Olea-España/Junio de 2016



Siempre decía "abrazos", porque los abrazos pueden decirse, pronunciarse; son una sucesión de fonemas extraños que se mezclan con manos poderosas y eternas.
Miraba el mundo con los ojos de un niño; imaginando cielos perfectos y tiempos futuros donde ninguna canción se asociaba a ninguna despedida. Así, era capaz de enterrar todas las bobadas y todas las heridas y todos los abusos y todas las muertes.
A veces percibía cierta debilidad en los árboles y volvía a su lugar solo para diseñar juguetes sin ninguna prisa. En otras ocasiones dejaba escapar de sus labios la palabra "amor" y la mezclaba con sol, olas y luces de colores.
Sus ojos devoraban tebeos ante los que seguía sintiéndose joven. Los días perdían así gran parte de su capacidad absorbente y pasaban lentos, como si fuera posible que estiraran.
De pronto, sobre una de aquellas páginas vio dibujado un árbol de donde colgaban los pronombres Tú y Yo.
Entonces lloró desolado y la sensación de ausencia fue absolutamente irreparable.

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